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Ana la Pelota Humana


Autor: Raúl Pérez Torres

Fecha de impresión: 1978 - 0

Editorial: Printer Colombiana


El Cuico

Yo, cuando pequeño, era marica.

Tenía miedo a todo, a la noche, a los árboles, a la quebrada, a la cocina de mi casa, a los retratos de las artistas antiguas, colgados en las paredes. El cuico en cambio era todo lo contrario. Yo no comprendía cómo uno podía ser tan desprendido de la vida. Se atravesaba solito los túneles de la quebrada de Miraflores. Yo me quedaba esperándolo, sentado a la entrada o a la salida del túnel. Luego de media hora salía, yo veía su figura alta, delgadísima, venía de la noche, de la obscuridad, de la valentía, parecía un fantasma. Con paso alegre, las manos moviéndolas inexplicablemente muy alto y muy bajo, se acercaba sonriendo y me decía: "tú no puedes entrar allí Quique, me han sucedido cosas fantásticas" y se ponía a contarme de brazos peludos, de caras fosforescentes, de golpizas invisibles. Yo le oía embelesado y nervioso. Era mi ídolo, el que todo lo podía.

Lo odiaban en mi casa, para ellos era un patán, yo no sé cómo mi madre podía equivocarse, cómo mi madre no pensaba que él también tenía su madre que decía que el cuico era el mejor hijo del mundo, la madre de él sabía quién era su hijo, luego ella no se equivocaba, la equivocada era mi madre. Hubo un tiempo en que yo despreciaba a mi madre, me pegaba continuamente y no me dejaba salir con él. Yo lo miraba desde la puerta de calle, lo distinguía al punto. El cuico siempre se paraba en la esquina de mi casa. Su figura era inconfundible. Lo miraba paseándose alegremente por toda la calle Asunción, esa calle era suya y la Panamá y la Canadá y la intersección de la Río de Janeiro y Vargas, todo era de él, era en definitiva dueño del barrio, dueño del mundo.

Así empecé a amar la libertad, a añorar la libertad, a odiar la opresión.

Por circunstancia especial, mi madre se convirtió en la primera opresora de mi vida, ya luego con el tiempo conocería yo todas las formas de opresión.

Un día, el cuico vino a visitarme con una novedad, siempre venía con una novedad. Ahora era un palo curvado con una piola templada a los extremos. Igual a lo que había visto en películas de Weismuller. Era un arco. Traía también muchas varas finísimas, con un poco de brea en la punta. Me enseñó alanzar. Poseía una puntería extraordinaria. Me decía jactancioso: "donde pongo el ojo, pongo la flecha" y a mi me sonaba esa frase como cuando por la noche yo recitaba "Dios te Salve María, llena eres de gracia... ."Fue el acabose la temporada en que nos dedicamos al arco y la flecha. Allí me nació otro trauma pequeñito. Comencé a despreciar a los soldados. El cuico siempre me decía: "tira contra los chapas de charreteras, hay que acabarlos" y mi imaginación calenturienta veía ejércitos invisibles de soldados con cascos, odio y botas. Un año después mi hermano me hizo leer a punte pescozones "Don Quijote de la Mancha" y yo secretamente me burlaba de esa porquería, del molino y todo aquello, porque el cuico y yo siempre lo habíamos hecho mejor y contra peores enemigos. Me obligaban a leer "El libro de las selvas vírgenes", "Tom Sawer" y todas esas bazofias que el cuico y yo las vivíamos quintuplicadas.

El cuico era formidable. Yo siempre atrás de él, aprendía las cosas con facilidad. Mi cobardía no tenía nada que ver con mi habilidad. Yo aprendía rápido y el cuico se sentía orgulloso de ello. El me decía: "sáltate de aquí allá. . ." y él lo hacía primero, yo probaba una, dos, diez veces y no me atrevía, me quedaba en el filito del muro. El me demostraba otra vez y luego me decía: "eres un maricón", y continuaba: "esto lo hago yo cerrado los ojos, mira.. ." y se lanzaba de un lado a otro por sobre el abismo con los ojos completamente cerrados. Entonces yo quedaba abochornado, aniquilado y regresaba silencioso. El se olvidaba al instante de esas cosas pero ahora me parece que se hacía el olvidadizo. Nos despedíamos, entraba yo a mi casa y luego como un ladrón o un criminal que va a cometer su peor fechoría, me regresaba al sitio del salto y probaba mis nervios. Cuando estaba solo, las cosas me salían más rápido, era una especie de vergüenza al cuico, de respeto, de inseguridad delante de él, de mucha, demasiada responsabilidad delante de sus ojos.

Al otro día lo iba a buscar yo, nunca supe donde vivía, las calles del barrio eran su morada. Yo le preguntaba: "¿dónde duermes?" y me contestaba: "en las estrellas" y yo indagaba: "ay tu madre!" y replicaba: "conmigo, en las estrellas". Lo buscaba digo, y disimuladamente, como quien no quiere la cosa, lo llevaba al sitio de la aventura, hipócritamente y sorprendido le decía: "mira, estamos donde ayer no pude saltar. . ." y el comprensivo, superior: "probamos nuevamente?". Entonces yo, infinitamente agradecido, me daba aires de no querer, de no poder, luego como un esfuerzo supremo llegaba al sitio corriendo y saltaba sin más. El cuico se lanzaba donde mí, me abrazaba y me felicitaba, pero ahora que lo pienso, luego de estas demostraciones, siempre se quedaba un poco silencioso, como que sospechaba que lo engañaba..

Así conocí el engaño, por mí mismo, por mi alma. Sólo en una cosa no me ganaba. En fútbol. Yo era muy hábil, demasiado hábil. El mejor del barrio. Yo escogía en los partidos, al tal acá, el tal allá, y siempre, todas las veces, primerito a él, al cuico. El era arquero, su valentía iba más allá de las piedras, del pavimento, del dolor, de la sangre, siempre ganábamos los partidos, jugábamos contra grandes y a mí me pateaban de lo lindo. Cuando se armaba la bronca el cuico me ponía a sus espaldas y se convertía en una espada filosa e imbatible. Nadie sabía que en las profundidades de mi alma, más allá de los pies, yo era un cobarde. Todos creían lo contrario y me temían, ahora comprendo que no me temían a mí sino a mi amistad con el cuico. Solamente mi hermano, que en las noches, por fastidiarme me mandaba a traer vasos de agua de la cocina, donde el retrato de una artista antigua, me miraba fíjamente con sus ojos de cartón negro, sólo mi hermano digo, sabía de mi miedo. En las horas del almuerzo, mi hermano me permitía contarle alguna cosa, yo le decía mis aventuras y se reía burlonamente, pero yo no me daba por vencido, me emocionaba y seguía hablando. Tenía ansias de explicarle todo lo mío. Era como un defecto, una enfermedad. Sentado junto a él me buscaba enseguida los bolsillos y le enseñaba cualquier cosa, cualquier certificación de mi hombría, unas piedras recogidas, las flechas, la alineación del equipo en el que yo siempre era centro delantero, mis magulladuras en las piernas, en los brazos, en la cara.

Luego a menudo en mi vida siempre he sentido esta misma sensación de meterme las manos en los bolsillos en presencia de mi hermano y buscar algo para enseñarle. Hasta hoy, cuando nos encontramos cada siglo, saco instintivamente mi libreta y de golpe pienso que no tengo nada extraordinario que indicarle, que la vida me ha sorbido todas aquellas cosas principalísimas, las piedras, la primera fotografía de ella, el cuchillo con el mango que me construí yo mismo, y guardo nerviosamente la libreta porque en ella apenas están escritos unos versos sosos y ridículos.

Cuando me lastimaban, yo llevaba vivito, sangrante, el trofeo para mi hermano, y como que nada se lo mostraba. Mi hermano me veía con esos ojos hermosos y cansados y despectivamente me decía: "lávate, estás hecho un cerdo.." pero yo veía un brillo de satisfacción en su gesto. Ese era mi premio, mi gran premio. Dormía tranquilo, a pierna suelta y hasta apagaba la luz de nuestro cuarto antes de que él viniera, en señal de valentía, y ahora me viene a la mente una idea; aprendí a leer libros no por el gusto que ello implica, sino por miedo, leía hasta las doce, una de la mañana, hasta cualquier hora, hasta la hora en que mi hermano llegaba. El venía, me decía: "hola" y comenzaba a desvestirse lentamente. Arreglaba su pantalón para que no se le dañara la raya, siempre, viniera como viniera, a veces venía un poco pasado de copas, pero siempre era igual, yo lo miraba entre Ukleberry y Flinn y un pedazo de mi pijama, a hurtadillas, su espalda siempre digna, justa, levantada, y pensaba "así debe pararse Dios..." y me dormía como un santo.

Pero el cuico llenaba todas mis horas, hasta que empecé a notar en él una limpieza que no conocía, venía todos los días con la camisa "hecha un anís" como decía mi madre, ya no traía palos y a cada momento me decía: "no me manches". Yo había admirado también en él su pelo copetudo, desordenado, tirado como quiera sobre su frente estrecha, al estilo de Burt Lancaster, pero empezó a mojarse bárbaramente el cabello, a cada momento, y se alizaba con furia con una peinilla que compró en la tienda de la gorda. Me acuerdo que compró allí porque para esto hizo todo un acto solemne o al menos a mí me pareció así. Luego vino con menos frecuencia y cada día estaba más reservado, yo no podía cortar esa especie de hielo seco que se había formado entre nosotros y opté por callarme. Luego empezó para mí el descubrimiento del todo. Fue como todas las cosas de mi vida, de golpe. El cuico me dijo: "te acuerdas de la Tini, la que vivía en la zapatería del barbas" y yo, perplejo: "cuál Tini?", "la flaquita, la que le decían cactus". "Si, ahora me acuerdo, la que te gritó una vez ¡Tísico! y tú casi la matas de un piedrazo?", "sí, ella". "Bueno, ¿qué pasa con ella?" y el cuico: "nada, nada. . ." y luego los silencios que días más tarde el cuico los llenaría con el tabaco. Cuando empezó a fumar se quedaba embebido, como alucinado con el humo, lo miraba con sus ojos claros y me decía: "mira, no hay en el mundo un azul tan bello como este, pero no es del cigarrillo, es de mis manos. . .". Alguna vez le pedí una pitada pero me negó y me dijo que eso era cosa de hombres, fui a mi casa y por ser hombre me encerré en el baño con un cigarrillo que le robé a mi hermano y luego el vómito, el semidesmayo, el dolor incontenible del estómago, la asfixia y más tarde el descubrimiento de mi madre, la tranquiza de mi hermaño, el llanto de mis hermanas, el niño perdido, desgraciado, degenerado, asqueroso. El juramento: "no mami, el cuico no tiene la culpa, no lo haré nunca más, lo prometo...".

Luego hacia el precipicio, un precipicio por el que todo el mundo baja, unos con cuidado, como cabras, otros de frente: "mira" me dijo el cuico un día, "has pensado alguna vez en las mujeres", "Sí" le contesté, "todas las noches pienso en mi mamá y mis hermanas, creo que si no existieran sería libre". "No seas bruto" me contestó el cuico, "sin tu madre no podrías vivir, yo que soy todo un hombre necesito de la mía, pero no te hablo de eso, quiero decirte por ejemplo -y empezaba a toser delicadamente- no tendrías ganas de besarle a la Tini, bueno, no a la Tini, a cualquier muchacha de tu edad, besarla en la boca. . .". Me recorrió un escalofrío que se hizo consuetudinario siempre que me hablaba de estas cosas, le contesté que sí, por no ser menos, pero la verdad no había ni pensado en ello, conocía el beso abierto de mi madre, el beso que no me daba mi hermano pero que yo lo sentía cuando me dirigía la palabra como a una persona, el beso seco y acostumbrado de mi abuelita y punto final.

El cuico me dijo: "es lo único que cuenta en la vida, para eso vivimos, para nada más", ",y el fútbol?", "nada, todo es una porquería, besar, besar, besar, de lo contrario eres un maricón que no sirves para nada". ",Tú has besado cuico?" "claro, ¿soy un hombre no?" "a quién, a Tini?" y el cuico prendía un cigarrillo y se silenciaba como tintero; (no sé porqué hasta ahora pienso que el tintero de mis años de escuela es lo más silencioso que he conocido nunca). Y en la quebrada de Miraflores, el cuico: "bueno, date una pitada" y yo, la cara de mi madre, el llanto de mis hermanas, el servicio higiénico, y el cuico con su mano extendida, autoritaria, buena.

- Se te para tu paloma?

- ¿Cómo???

 

Nada, ¿que si se te para ésto? y su ademán vivo, viril, como de torero, con sus dos manos brindándome el conocimiento del mundo. El desabrocharse , enseñarme y deleitarse: "hazlo tú también, es como un salto... Se llama la paja...". Y el entrar paulatinamente a otro túnel, más claro, sin miedo ya, con un poco de temor pero con un gusto raro. Luego la somnolencia, el silencio en casa, los ojos bajos y el acostarme enseguida, taparme bien y no rezar.

Un hueco enorme en mi vida, el cuico desapareció, no lo vi más, Don Miguel el gordo de la tienda donde nos fiaban, me dijo: "creo que se ha ido a Guayaquil para embarcarse...". Conocí la ingratitud y la pena, más que todo, lo insoportable de no poder llenar las horas, de enfrentarme solito a todo lo desconocido, de no tener un valiente que tapara en el equipo y mi hermano como adivinando sin hablarme días. Algunas noches soñé que en verdad el cuico vivía en las estrellas y yole buscaba de una en una, saltando virilmente y sin miedo, de primera y con estilo, pero en ninguna aparecía, hasta que en la última, su madre, envuelto en cinco puntas blancas, me miraba cariñosa y me decía: "mi hijo ya no vive aquí, se ha pasado al sol" y se reía mientras desaparecía. . . Me olvidé con mucho esfuerzo del cuico, y vislumbré lejanamente que talvez solamente yo importaba, que había varias amistades rodeándome y que yo era el centro de una atracción especialísima. Conocí la jactancia. Una tarde entré al dormitorio de mi madre (olía a mantilla, a jabón a cera) busqué su cartera y cuando la encontré la abrí, tomé un frasco de perfume y salí. Ahora la calle Asunción era mía, igual que la Vargas, San Juan, la América y en definitiva el mundo. Me dirigí directamente donde Tini, la flaca, la que le decían: "cactus" y por la que seguramente el cuico desapareció. Timbré en su puerta y cuando salió le dije: "bésame", me contestó que si me había vuelto loco, que era muy niño, entonces yo definitivamente le entregué el frasco de perfume de mi madre. Tini lo tomó y dijo silenciosamente: "qué es ésto?", lo destapó y absorbió su olor. Yo miraba pálido el aletear de su nariz, la languidez de sus ojos, pensé en el cuico. Tini me miró largamente como la distancia de los abismos que el cuico y yo saltábamos y tomándome el rostro con ambas manos me besó en la boca, luego me dijo: "te espero mañana". Conocí entonces la codicia.

Salí apresuradamente y corrí hasta mi casa. No me dejaron acariciar mi sueño, mi hermano me esperaba con su cara de juez:
- Y el perfume?

Y yo nervioso, colorado, indigno:

- Lo regalé a Tini.

La desgracia, la mano quemada con tabaco, con el mismo tabaco que me hacía vomitar, la estatura de mi hermano sextuplicada para arriba, hasta los árboles, hasta el horizonte y más tarde, el caer la noche, la inigualable, en el centro de mi sueño, en lo más profundo de mi inconciencia de niño, en el hueco enorme de mi amistad perfecta, pensaba: "cuico, estás vengado".

Nunca más volví a ver a Tini.


Divagaciones alrededor de un asalto

Y no es que les odie.

Porque en realidad un chapita es un chapita. Pero hay cosas que no se olvidan nunca. Yo no he sufrido mucho, fuera de la preocupación que tuve con el ingreso y una que otra vez que Carmen saca las uñas por fastidiarme, creo que no he tenido mayor sufrimiento. Soy un joven burgués, desde luego esto de burgués no me lo he ganado sino que ha venido solo. Tengo padre, madre, dinero, discos, perro, libros, y todo esto me sirve por igual, pero no es mi culpa. Yo no tengo la culpa de nada. Ni de tener padre ni de tener perro. Creo que si me lo quitaran también sufriría, pero a veces pienso que se me debería quitar, más que todo porque no es mío, creo que me pierdo... Mi padre siempre que se emborracha me recalca que se ha sacrificado toda su vida como un burro, yo hay veces que le tomo sus palabras al pie de la letra y no alcanzo a comprender como se sacrificaría un burro. Un burro es un burro. Un padre es un padre, cada cual hace lo conveniente o talvez no lo conveniente pero si lo justo, lo que le pertenece, lo que debe hacer, lo que le está asignado. Por ejemplo yo soy joven y estudio, me corresponde eso. Se me dice que es un privilegio y yo entiendo que es así, pero el privilegio es de los dos o sea de la Universidad y mío, yo por tenerla a ella y ella por tenerme a mí, podía haberle tocado una cosa peor, que no le responda, una perdedera de tiempo en resumidas cuentas. Yo quiero a la Universidad con un afecto puro, celoso, creo que mi padre debió haber querido así a mi madre y creo también que todos los jóvenes que huyen con su primer amor deben sentir lo que yo siento por ella. Cuando salgo de clases me siento trágico, desesperado. Pienso, ir a la casa, los libros, el perro, los discos, papá, mamá, el teléfono. Me paseo unas horas más por los campos universitarios. Carmen me acompaña, entramos a los bares, al de jurisprudencia, al de economía, al de periodismo. Al bar de economía no me gusta entrar muy seguido. Es muy elegante, allí hay carteles de bailes, de rotary clubs y cosas por el estilo. Yo soy sencillo, mi naturaleza me pide menos, basta un mostrador, unos cuantos estudiantes pidiendo apurados su pan o su tabaco y Carmen a mi lado, tierna, lánguida, mía. A veces nos vamos a pasear un poco más lejos. Cuando todavía no es muy noche, llegamos más atrás del estadio, allí la yerba es más fresca. Nos sentamos juntos, muy juntos, yo fumo mucho y le hablo despacio, entrecortadamente, de mis esperanzas, de mis simplezas, de una frase de Nietzche que me ha impresionado, ella me oye atenta y luego llega su turno: desde aquí se miran mi casa y los abismos - y me hablaba de abismos mirándome a los ojos- y la feria donde estuvimos, ¿recuerdas?, y arranca las yerbas con sus manitas cadavéricas y me las mete a la oreja, jugamos, es un dulce juego de aceptación, de amor, de gratitud de estar allí, tan junto a lo profundo, a lo total, y ¡zas! me asalta Biafra, y el barrio miseria, y el niño que encontré comiéndose los líquenes en un suburbio de Guayaquil, y se hecha a perder todo y casi maldigo ese tener que pensar justo en esos momentos en gentes que no conozco, y Carmen esperando, conocedora de estos ataques de nostalgia y rabia. Y sus besos especie de anzuelos que me traen de lejanas partes de miseria al sitio exacto del juego y del deseo que dejamos. Carmen no fuma y cuando me pide unas pitadas sólo es por amor. A ella no le gusta ir más allá, hacia los bosques, siente miedo, pero yo conozco todos los árboles, todos los sitios, los más frescos, donde no da el viento con mucha insistencia y hay veces que la convenzo y nos alejamos más y yo no sé porqué, seguramente por su miedo, me propaso y la acuesto y la hago más mía, y borro con su potencia mis últimos sueños de igualdad.

Y así mi padre me dice que me dará todo. Que todo lo acumulado a través de los años con su esfuerzo, es para mí. Hay veces que yo quisiera herirle a mi padre y decirle: ¡váyase a la mierda con su cochino esfuerzo pero no está tampoco en mi naturaleza, yo no sé en realidad que esté en mi naturaleza, sé que está Carmen, eso es tangible, lo es, lo comprendo, pero hay cosas que no comprendo por ejemplo, voy en un bus repleto, una señora muy parecida a mi madre, anciana, pelo blanco, cara trágica, pienso pararme y cederle el asiento y luego desisto, la miro de reojo, hago un esfuerzo, mis pies ya se mueven y. . . desisto, clavo los ojos en el libro y me hago el olvidado, pero la vieja allí, creo que mirándome, y tomo la resolución definitiva de no darle el puesto, de no verla, de hacerme el dormido, el muerto, y no me da la gana, no me da la real gana y al bajarme la idea no se va, crece en mí, me tortura, llego a la Escuela y en los libros la historia de hace años, que Babilonia y Creta, que la colonia y los etilos, que el barroco y el gótico, y la vieja allí en mi imaginación, mirándome entre el arabesco y el corintio y luego otra vez voy en un bus y un niñito: "lleve por dos reales", sube, sube, y yo mirarle la mano, solamente su mano color chocolate, sus uñas comidas, sus incipientes arrugas en los nudos e írseme las lágrimas, y avergonzarme tras los lentes, todo a una. Y cuando hay manifestaciones ahora tengo miedo, antes no lo tenía, apedreaba el centro norteamericano, la embajada, rompía los vidrios, pero ahora no lo hago, parece que el peligro me ha dado en pleno rostro que tengo la cabal distancia, que mido concienzudamente lo que puede venir, o que en realidad soy un cobarde y punto final. Pero el día del asalto fue otra cosa. Fuimos con unos compañeros de Carmen a jugar Voley, Carmen es elástica, fina, tiene movimientos de balletista, nada en ella es ridículo, yo siempre estoy a la expectativa para sorprenderle un tropezón o un movimiento fuera de lugar, más que todo para no unirme mucho a ella, pero nada. Ella es así, no hace nunca estupideces como yo. Puedo hablar de extremo a extremo de una sala repleta de gente con una soltura propia de las propias. Puede atravezarse dignamente un salón de duelo y dar cortesmente su abrazo de pésame al familiar del muerto, sin equivocarse, yo en cambio en un duelo doy felicitaciones, en un cabaret me santiguo, en la calle me tropiezo, las camisas se me salen por la espalda en un coctel, me subo al bus habiendo perdido el sucre del pasaje y hasta apuesto que ella con su dignidad, si se olvidara el pasaje ya entrada al bus, saldría del paso diciendo: ¡ya le dí! y sentándome en un lugar justo donde no deba alzar mucho las piernas, ni pedir permiso, ni incomodar a los demás. Cuatro de la tarde, Carmen saca la bola y la bola da en las redes, cambio de batida, le toca a Ruby del otro lado, idem, la bola no alcanza a pasar al otro lado, todos nos reímos. Las mujeres son inútiles, los hombres todopoderosos. Alguien dice: miren, allí vienen los chapas. Una estampida de animalitos verdes rompe el viento apacible de la idea y lo prostituye. El aire huele mal ahora. Se acercan más, varios estudiantes se agrupan frente a la entrada, nosotros nos vestimos apresuradamente y nos juntamos a ellos, nos tomamos todos de las manos formando un cordón largo, son manos cálidas que se unen en un silencio de confraternidad, algunos estudiantes ríen, todos creemos que no entrarán, que se les ha mandado a vigilar y a lanzar las acostumbradas bombas vomitivas de sus jefes, y frente a frente empiezan los chistes: que nunca podrán entrar, que atrévanse, que los militares no han entrado a la Universidad ni a escampar, ellos callados como corresponde a un buen militar, y repentinamente una orden lejana y estentórea: ¡Al ataque! y yatagán al brazo, y fusil al brazo, todos pelados, todos igualitos, posesos de alguna droga odial, arremeten contra el chino primero y luego contra el flaco, el de CC. PP. y viran su hombro alzado y disparan y suena y suena en mis oídos suena y suena, y Carmen sujeta y afianzada a mi mano izquierda. Y yo estupefacto, pálido, incrédulo: ¡corramos! y acordándome siempre de los muros de mayo, sin poder dejar nunca de pensar y esto para mi desgracia, porque yo pienso comiendo, pienso dormido, pienso pensando, pienso estupideces, pienso lo impensable lo que se debería dejar, lo que se debería olvidar o no hacer caso - una vez por ejemplo, cuando murió mi hermana en el momento de destapar su ataúd pensé en lo chistoso que quedaría yo en ataúd pequeño, un poco las piernas en cuclillas, las rodillas salidas, y mamá sin poder meterme ni a empujones, toda la familia sin poder meterme ni a empujones- y acordándome siempre a la carrera de los muros de mayo, de un hombre se puede hacer un policía, un ladrillo, un paracaidista, pero se podrá alguna vez hacer un hombre? y corre y corre.

Nos metimos a un bar pequeñito que hacía cerca de las canchas de basket, cerramos la puerta. Éramos unos quince.

Nos metimos a un bar pequeñito que había cerca de las table a moncaiba miedosa. Rompieron la puerta con sus bayonetas, me sentí enemigo, peruano y amé a los peruanos. Desde chiquito quisieron hacerme odiar al Perú, en la casa, en la escuela, en los libros, cuando jugábamos territorio con mi hermano mayor, yo era Perú porque mi hermano me ordenaba y con la cuchilla desde lo alto masacraba mi tierra y cada vez más pequeño mi espacio, más pequeño mi espacio hasta que nada, absolutamente nada, solamente las ganas locas de no jugar más, de alzar los hombros y hacerle muecas a mi hermano a la hora del almuerzo, porque allí mi madre protectora era ciudadana del mundo y yo el justo muequista y desolado.

Y los verdes pegándonos, insultándonos, hablando, que es lo raro, y Carmen una sola mano hasta mis huesos.

- ¡Ahora hijos de puta, ahora perras, sientan la bayoneta que les gusta!- .

Y ella sintiendo y yo sintiendo: pero jefe, y el animal de verde envilecido, sapo ágil de ojos extraviados hasta más allá del organismo y yo acordándome ese preciso instante, no lo puedo evitar, acordándome que la primera vez que fui a un cabaret no pude, y que la chica se reía y señalaba mi sexo con un dedo largo de uña sucia, y acordándome que ya no fumo, que son dos meses que lo he dejado y que sin embargo, nunca tengo para el bus. Pero de frente venirse contra mí el matemático perfecto, gritarme con su aliento de establo -hasta contar tres no queda uno!- y a mí sonándome eso a César Vallejo -Cuanto catorce ha habido en tan poco uno- y explotarme la risa de por sí, y un culatazo duro, justo en el pecho, en el que recostaba Carmen su cabeza, y sentir chispas en los ojos, trastabillar, caer y recordar que uno es hombre desde la risa hasta la angustia, desde el cordón a la uña, y levantarme y nuevamente, y en el suelo más y más, con furia, con desahogo, desquitando sus sábados no francos, con envidia los pobres hermanos de verde, dándole a mi risa, a mi pantalón, a mis libros caídos sin sentido, y yo un ojo hinchado, seguramente amoratado, vislumbro a lo lejos, entre no sé qué lágrimas y telerañas mis árboles hollados, mi escuela, la virgen de mis 27 años, ametrallada porque si, embayonetada, abierta su nitidez a culatazo limpio y ya no puedo más y me levanto y me doy de frente contra el muro, contra el muro de tenis, donde le enseñaba a Carmen los saques desde arriba, donde íbamos los dos con uniforme blanco a espirar de frente, una y otra vez su maravillosa silueta de palmera. Y quedarme inconsciente en mi cemento, en mis huesos, arañar la impotencia y jurarme un compromiso con el último aliento. ..

Una hora y dos. Las manos suavísimas y el llanto cálido de Carmen sobre mi camisa celeste, la que más le gustaba. Celeste y roja ahora. Una sangre perfecta, universitaria, plena.

Y no es que yo les odie. Porque en realidad la culpa es del sistema. Pero hay cosas que no se olvidan nunca.

Recuerdo 2 ó 3 días después, los caballos pastando en Jurisprudencia, mirando con sus ojos de alzada de hombros el mural de Guayasamín. Sin importarles sus colores rotundos, su mensaje - "porque tú eres libre para alcanzar tus sueños"- porque los caballos no tienen sueños y los que los usan a menudo tampoco tienen sueños, mirando con sus ojos de cero matemático, de aire y cementerio, la nada de ese todo de otros días. Y los otros, los de verde, parados, caminando, robando, justificando -pobres- su odio en las pisadas...

Y yo todos los días pararme en la esquina más cercana y jurar, y jurar, y jurar un compromiso. Y Carmen a mi lado, seguramente recordando el café, el bosque, o también - por qué no- el churrigueresco, el dórico y el jónico reunidos.

Y no es que yo les odie. Sino que cabalmente por ellos, he jurado un compromiso...


Ana la Pelota Humana

Cuando ninguno de nosotros se esperaba, Demetrio el de los puñales dijo que sí, que había que castigar a la enanita.

A Julio y a mí, que hacíamos los malabares en la bicicleta de una rueda, nos dió mucha pena, porque la enana se pasaba todo el tiempo en nuestro camerino lleno de esteras y papeles viejos, sacándole lustre a las botas, al eje de la bicicleta (que Julio solamente la llamaba cleta porque, en realidad, no tenía nada de bici) a los radios de la llantita, al freno del manubrio, al cabezote del centro, y daba un poco de gusto mirarla con ese cuerpo deforme, ese tronco de piedra irregular, esas piernas que parecían ramas de betibé, esos dedos atrofiados que nunca salieron del todo, ese caminar estilo títere, con un paso suelto y otro solemne, dándole a mis botas, a las de Julio con un trapo que le había regalado Marisol, la gorda más gorda del mundo, vieja de mala entraña que atendía el gallinero del circo y se comía veinte y cinco huevos diarios con cáscara y todo, por lo del calcio, según decía cuando podía hablar.

A la enanita la habíamos robado en el último viaje a Esmeraldas. Aunque no creo que lo más apropiado sea decir esto, porque se roba algo cuando ese algo hace falta a alguien, digo yo, pero ella no pertenecía a nadie, estaba sola y desgualingada en el mundo. La encontró Irma, la Serpiente Azul, merodeando cerca de la jaula de Marco Porcio en busca de desperdicios. Irma la trajo de una oreja donde Demetrio Recuerdo que en ese momento el estaba contando el dinero que había producido el día y todos a la expectativa esperando que esta vez, nos regalara una moneda mas para celebrar la entrada a la Costa.

"Qué es esto" había dicho Demetrio tomándola por un brazo y dándole vuelta una y otra vez. "Es una niña" contestó Irma "la encontré comiéndose los plátanos de Porcio", "Está bien, está bien" dijo Demetrio luego de examinarla, "se quedará con nosotros, Julián y El Chino se encargarán de enseñarle alguna cosa que nos sirva".

Las decisiones de Demetrio eran inapelables: mi espalda conocía bien sus cuchillos afilados, también las piernas de Belinda Dientes de Oro los conocía y también el rostro de Aparicio el negro domador de caballos tenía una cicatriz profunda que nos recordaba a cada instante la obediencia que se le debía, al fin y al cabo comíamos por él y si alguna vez salíamos a conocer los caminos del amor en los pueblos, era por Demetrio, por su generosidad. Sin él no éramos nadie. ¿Qué me haría yo, por ejemplo, si Demetrio me quitara la rueda, las botas, los pantalones de seda roja, la cachucha de terciopelo, ¿qué sería de Julián si Demetrio no autorizara que se escribiera su nombre en los cartelones que pintamos para poner en las esquinas más concurridas de los pueblos?, ¿qué sería de Belinda Dientes de Oro si Demetrio escondiera la soga con que se daba vueltas en el aire asida de sus dientes?, ¿qué sería de Aparicio si Demetrio vendiera los caballos o los matara para alimentar a la Gorda más Gorda del Mundo, que le escondía entre sus faldas cuando venían los municipales a cobrar los impuestos?, ¿qué sería de la pobre Conchita Espinal si a Demetrio le diera por ensartar sus cuchillos filudos en el vientre en lugar de hacerlo a escasos centímetros de su cuerpo en la prueba central que día tras día, noche tras noche, nos quitaba la respiración a todos y, especialmente, a Juancho "el Payaso" que también hacía de tragafuegos y que en Potosí, luego de una penosa enfermedad por efecto del querosene, pudo hablar un poco para decir: "Conchita vos, Conchita para mí vos" y que luego se le apagó nuevamente el habla como una tea más. Sí, Demetrio era todo para nosotros, no teníamos a nadie más en el mundo, igual que la enana, a quien le fabriqué un nombre antes de enseñarle a darse trampolines, a convertirse en nudo, a caminar con las manos, y le dije - luego de consultar con Julio- te llamarás: Ana La Pelota Humana y a ella se le pusieron los ojos como se me ponen a mí cuando estoy encima de la bicicleta o de Manuela la cocinera del circo, es decir, que le entró la felicidad y ya no se le salía sino cuando miraba a Demetrio desde lejos, que nunca lo miró de cerca porque no avanzaba. Entonces fue bueno el día de su debut, aunque la lona estaba resbalosa porque había llovido mucho en Sangolquí, un pueblo importante cerca de la capital, donde Demetrio tenía harta gente conocida y el éxito era casi seguro.

En la matiné contamos con poco público, creo que treinta o cuarenta personas, razón por la que Demetrio encargó la presentación al loco Esparza y se largó de muy mal talante a tomarse unos tragos "para templar el pulso", como decía, así que no pudo ver a Ana, la Pelota Humana que se desempeñó muy bien, más allá de cualquier buena esperanza, saltó, brincó, se anudó, se hizo un alfandoque y su magro cuerpecillo parecía en realidad una pelota de plastilina lista para tomar la forma que se imaginara. Julio, Manuela y yo espiábamos tras bastidores con mucha alegría y cuando la trompeta anunció el fin del número, nuestras almas descansaron como después de un combate. Ana se acercó corriendo y por unos momentos la levanté en vilo mirando como brillaba su rostro negro de sudor y aserrín, luego la deposité en el suelo como quien deja caer un florero y salí a emborrachar al respetable con mi bicicleta de una rueda.

Para la función de especial Demetrio no llegaba y Marisol lo mandó a buscar a la taberna del pueblo. No había quién hiciera sus números, porque Demetrio no solamente era Demetrio, El Lanzador de Cuchillos sino además era "La Saeta Voladora" y cuando estaba de humor el "Payaso Malaquitos", pero Demetrio mandó a decir con el recadero que se fueran todos a la puta madre y que si la lluvia no paraba no regresaría al circo y que la gorda Marisol tendría cinco huevos menos por tanto joder.

Antes de la función de la noche llegó Demetrio con unos cuantos del pueblo. "A prepararse todos" dijo "quiero que mis compadres vean la mejor función". Gritaba por todos lados afilando los cuchillos en una piedrita plana y brillante que recogió en el Río Blanco en Santo Domingo de Los Colorados. Fácilmente se notaban los estragos del alcohol en su rostro y Conchita Espinal se puso a prepararle café con raspadura pasado por media de seda. Demetrio temblaba, temblaba su corpachón, temblaban sus manos, el circo temblaba. - Te jodiste - dijo Julio acercándose a Conchita- en esta te clava - Conchita derramó el café y se puso a llorar.

Los amigos de Demetrio entraban con mucha algazara y las tablas mojadas estaban casi repletas. Demetrio ordenó que salieran los payasos para aligerar el ánimo de los espectadores y nos mandó poner nuestras mejores galas.

Yo mismo arreglé el vestido de Ana, "La Pelota Humana’’ con la ayuda de Manuela. La peinamos, lavamos su cara, la polveamos. Julio se opuso a que pintáramos sus labios, diciéndonos que era una niña y que a la gente no le gusta que las niñas se metan a señoritas, entonces la dejamos con sus labios medio amoratados y medio pálidos y acariciamos su huesuda jorobita dándole ánimos y diciéndole que debía tener cuidado porque el piso estaba mojado. Luego hicimos algunas bromas pero Ana, con tono de reproche, dijo, en su media lengua: "A yo no me moleste poque te yo a tapia". Estábamos en mi camerino. Yo empecé a maquillarme y Ana salió dando traspiés enfundada en unos mamelucos morados que se los había tejido Manuela. Julio me miró y me dijo que mejor me pusiera la boina verde porque él saldría con la roja; accedí y le pedí que me pusiera un poco de sombra en los ojos. Luego me calcé y ayudé a Julio a armar la cleta. Estábamos nerviosos, un aire buhonero, una noche como de fantasmas, como de telarañas espesas. Intempestivamente entró Ana, "La Pelota Humana" lloriqueando como un ratón herido, se agarró de mi malla y gritó: "Yo no quiero salí, el malo va a morir a Conchita".

Julio y yo nos miramos yen sus ojos rebotó mi miedo y se fue rodando para siempre, como desocupándonos. Casi sin proponernos, a un mismo tiempo agarramos la bicicleta, Julio se montó en mi espalda y fuimos directo al camerino de Demetrio. Allí encontramos a todos rodeando su puerta, inclusive Marco Porcio había roto los barrotes, y su cuerpo descomunal permanecía erguido y a la expectativa.

Conchita refregándose las manos nos contó que Demetrio había dispuesto castigar a la enanita por no salir a escena. Tenemos que entrar dijo Aparicio, pero Irma, "la Serpiente Azul" ya se arrastraba por una pequeña reja que había acomodado Demetrio para el respiro, y abrió la puerta. Demetrio estaba lavándose la cara. Nunca olvidaré su rostro cuando levantó la mirada y recibió el primer latigazo de Aparicio, el Domador de Caballos, sus ojos hirvieron por un momento pero al segundo mordisco de Belinda, Dientes de Oro empezó a maullar como gato en tejado, poco quedó de él cuando Marco Porcio asentó su mano en el pecho de Demetrio y menos aún cuando Conchita Espinal clavó la hoja brillante en la frente mojada de Demetrio, y peor todavía cuando la gorda Marisol estrelló un huevo en su rostro descolorido.

Pobre Demetrio. Descolgado de la vida como un trapo, ya no podría hincar su cuchillo en Ana la Pelota Humana. Ni en nadie.